Opinión | Dominguero
Editorial12 de febrero de 20203 min de lectura

El domingo, a eso de las 12: 30 de la mañana, estaba en la playa, pedí un taxi y me contestó una voz aburrida: “A esta hora los taxistas no se atreven ir allá”. Le comenté a mis vecinos de mesa y respondieron: ‘Ni al Bosque ni al Obrero arriba, ni a Brisas’.
Con los buenos días recibía un tinto mañanero y cariñoso, y pernoctaba allí todo el tiempo que quisiera, pues había calor humano y comida caliente sobre los bindes que eran los soportes del fogón de leña.
Se las dejo ahí… Roco…








